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La desaparición de los rituales funerarios complica el Duelo

Al menos el 5% de la población reacciona de forma patológica ante la pérdida de un ser querido. El sistema sanitario no cuenta con recursos suficientes para atender el sufrimiento.  (María Sánchez-Monge) 

Enfrentarse a la muerte nunca fue fácil. Por eso, en todas las épocas de la Historia han existido bálsamos espirituales y ritos funerarios que ayudaban a superar el trance de perder a un ser querido. Algo está cambiando en las últimas décadas: una buena parte de la sociedad vive — o al menos lo intenta — de espaldas a la muerte. Esta actitud de negación tiene profundas consecuencias sociales y afecta, asimismo, a la salud mental.

Nos hemos acostumbrado a pasar de puntillas por lo inevitable, convencidos de que esa es la mejor forma de aplacar el sufrimiento. Tratar de escapar a toda costa del dolor es una de las causas de lo que se conoce como duelo patológico, que afecta aproximadamente al 5% (algunos estudios elevan este porcentaje al 10% o incluso más) de quienes tienen que afrontar la desaparición de un allegado. Este problema «siempre ha existido en algún grado, pero en la sociedad actual hay una mayor incidencia por no contemplar la muerte como algo natural». Puede tener diferentes manifestaciones, como las alucinaciones (ver y oír al fallecido) o el sentimiento de culpa. Pero lo más importante es que estos síntomas se prolongan más allá del periodo adaptativo que se considera normal ante un deceso.

La disminución de las visitas al cementerio, la sobreprotección de los niños para que no vean al abuelito muerto o la dificultad que muchas personas experimentan para consolar o dar su apoyo a alguien que ha perdido a un pariente cercano son tres ejemplos de lo que se califica como «desorientación» ante situaciones que ya no se sabe cómo manejar.

Nuestros antepasados no se planteaban si debían ir o no al camposanto y depositar flores en las tumbas de sus difuntos. Simplemente, acudían y cumplían con el ceremonial. Hoy en día cada vez son menos las personas que siguen esa costumbre. Los ritos sirven para quedar bien uno mismo, ayudan a expresar el sentimiento de tristeza.  Los rituales de despedida, sean los que sean y tengan carácter religioso o no, favorecen una elaboración sana del duelo. Para los expertos, la clave está en si un determinado ritual constituye, en términos psicológicos, «una respuesta adaptativa».

Otra muestra de la tendencia a huir de nuestra condición de seres mortales es que hoy en día son muy pocas las familias que dejan que los más pequeños se despidan directamente de sus abuelos cuando fallecen. También se ha desvanecido la capacidad de dar apoyo a quien acaba de perder a alguien muy cercano. Los amigos procuran hablar de otros asuntos, sin darse cuenta de que esa persona se sentiría reconfortada de que se nombre al fallecido y se recuerde lo que hacía.

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